La sibila cumana, entiéndase, la fetén. Podría llamarla Marianne, pero
está más visto y suena a gabacho. Juzguen ustedes el alcance de la
declaración: respeto al Rey y al 21D y, entre los dos, ella, la
presidenta in pectore del Parlament. Y ¿qué otra cosa es el 21D sino el símbolo del pueblo, de la voluntad del pueblo, más o menos libremente expresada?
Así que ahí aparece la sibila Forcadell como presidenta del mismo
Parlament en el que ella había profetizado la República. Ese Parlamento
representa la nación catalana en el sentido cívico, como conjunto del
pueblo, titular de la soberanía frente al Rey. Igualmente, el
Parlamento, depositario de aquella soberanía, presidido por la Sibila
republicana frente al Rey.
La contraposición entre el discurso del Rey y la respuesta de la Sibila
ha sido sumamente simbólica y se llama República. El 21D la mayoría ha
votado por candidatos independentistas y republicanos. Cómo integrar la
monarquía en la república o viceversa viene a ser la cuadratura del
círculo. Y aunque se diga que la política es el arte de lo posible, de
momento, el círculo parece un círculo. Ese es el límite real del
discurso del Rey, objeto todavía de exégesis tan inútiles como
variadas.
El problema es de Estado y exige tratamiento de Estado. El gobierno debe
reducir su afición a los juzgados a los asuntos penales que más le
afectan y el Parlamento tomar la iniciativa en la formulación de una
propuesta de negociación que conduzca a una solución satisfactoria para
ambas partes.
De lo que se trata es de resolver el conflicto de modo civilizado y no
perpetuarlo. Y nadie está interesado en trastornar o desestabilizar
nada.
(*) Catedrático emérito de Ciencia Política en la UNED
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