Según noticias llegadas a Palinuro,
en el PSOE hay conjuras y conspiraciones sin cuento para mover la silla a
Pedro Sánchez. Se recordará aquella metáfora de Felipe González,
comparando a un ex-presidente con un jarrón chino, que todo el mundo
tiene en alta estima pero nadie sabe en dónde colocarlo para que estorbe
menos. Desde entonces las cosas han cambiado, pero a peor. Ya no es un
jarrón solo; son cuatro. Además no ejercen únicamente los expresidentes;
también lo hacen los exministros. Nadie los estima en mucho sino más
bien en poco.
El último que conservaba algo de autoridad, González, se
la ha ido dejando en los consejos de administración de empresas privadas
o privatizadas. Pero estorban con denuedo. Están convencidos de que
este Pedro Sánchez, un advenedizo salido de la nada, es un temerario
ignorante que necesita guía y consejo en las turbulentas aguas del PSOE.
Merece un castigo por no pedirlo y se lo están preparando para el día
siguiente a las elecciones de mayo si estas dan resultados muy por
debajo de los andaluces, como se prevé.
Los
tres jarrones más activos son muy peligrosos porque han sido políticos
con poder ahora jubilados por haber llegado a su nivel de incompetencia,
incluso sobrepasándolo en algún caso. Nadie cuenta con ellos para nada,
así que a calentar asientos en órganos de relumbrón, escribir memorias o
intrigar por los cafés de la Villa. Se aburren y, por tanto, dan
consejos no solicitados, enredan, se ofrecen como intermediarios y están
en todas las salsas de las maniobras para quitar a uno, apoyar a otro,
dejar caer a un tercero y amargar la vida al secretario general mientras
se hace un lugar al sol en este mundo de sombras. Las sombras de la
pavorosa incompetencia de Zapatero al afrontar la crisis, cuando falló a
los de ¡no nos falles!; las del vaticanismo de Bono, un
socialista nacionalcatólico; las del integrismo de Rubalcaba, monárquico
y partidario de una España fuertemente centralizada
Estos
tres jarrones chinos, como los tres mosqueteros de Dumas, han resultado
ser cuatro. El cuarto, González, no es un joven gascón, bravo cuanto
ingenuo, sino un abuelo algo gruñón que presume de experiencia y saberes
arcanos. Pero su efecto es devastador. Salió en apoyo incondicional de
Susana Díaz, dando por sentado que su horizonte político era Andalucía
pero dictaminando que el liderazgo de Sánchez estaba en periodo de
prueba. Un precario, vamos.
Pedro
Sánchez tiene que consolidar su posición en el PSOE en las elecciones
de mayo si quiere triunfar en las primarias a la candidatura a la
presidencia del gobierno. Esta formulación es errónea en el fondo pues
en España no elegimos presidentes de gobierno sino listas de partidos.
Son los partidos los que ganan o pierden elecciones. Se lo ha dicho
Rajoy a los suyos en la asamblea del Consejo Nacional que los
periodistas han seguido por plasma para que recuerden de dónde vienen:
son las siglas, estúpidos.
Votamos
partidos y lo primero que se exige a estos es que estén bien avenidos.
Es elemental. Nadie confía la administración de sus cosas a quienes
andan a la gresca entre ellos. Los augurios de IU y UPyD son negros
precisamente por este factor de discordia interna. Así que los jarrones
chinos, si no quieren verse de tazas de Sèvres en una almoneda, deberán
dejar de minar el terreno que pisa Sánchez y quedarse tranquilos en sus
casas, haciendo algo útil para la colectividad.
En
cuanto al propio Sánchez, su interés por ganar las elecciones de mayo
no puede distraerlo de su tarea de oposición parlamentaria. Ahí es donde
va a medírsele, dado que no se presenta a alcalde ni presidente de
ninguna Comunidad. Y por eso, lo mejor es que muestre su talla
presentando una moción de censura que nadie sabe por qué el PSOE no ha
pedido aún.
(*) Catedrático emérito de Ciencia Política en la UNED
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