domingo, 12 de julio de 2026

Tomás Poveda, un icóno antropológico en el centro de Murcia / Paco Poveda

 


Cada vez que yo viajaba a Murcia lo buscaba en la sala de billar del Casino y, si era por la tarde, en la terraza del 'Drexco' donde hacía tertulia con sus amigos, tan hartos como él de la grave situación de España. Me decía también que muchos amigos y contactos ya no estaban y que ahora eran sus hijas quienes gestionaban el día a día con los suyos.

 Sin embargo, Tomás aún me ponía al corriente de todo lo relevante que sucedía en Murcia. Conocía a casi todo el mundo de su época al hacer su vida diaria en la calle. Pero sus amigos se le habían ido yendo.

 Tomás tenía 76 años y la última vez que estuve con él, entre ingreso e ingreso en el hospital Virgen de la Arrixaca para tratarse intermitentemente de su mal, fue para entregarle uno de los capullos de seda que llevó a sus piés el Jesús Nazareno de la Cofradía que saca a la calle a Los Salzillos cada Viernes Santo y que pedí expresamente al cabo de andas para él al acabar la procesión.

Pero Tomás era de toda la vida nazareno penitente del Cristo del Rescate como antes habían sido su padre y su hermano Miguel Ángel, primos y ahora hijas y sobrinos, y era habitual verlo llevando el paso de la Virgen de la Fuensanta cuando la subían o bajaban de su santuario en el monte. Ahí estaba siempre entre la primera fila de los caballeros de La Morenica. 

Antes fue sardinero y desde siempre se vestía, al igual que sus cinco mujeres, con el traje típico para el Bando de la Huerta. Y por supuesto, socio del Real Murcia. Más murciano, imposible, mi primo Tomás.

Nos dejó esta tarde sin ruido en su casa de Murcia frente al río Segura. Llevaba varios días con paliativos en su propio domicilio aferrado a la vida más que nada por no dejar solas a su esposa, sus dos hijas y sus dos nietas. Hasta que no ha podido más.

Además era un icono antropológico del paisanaje en el centro de la ciudad de Murcia en los últimos 55 años. Su silueta y su pelo blanco desde adolescente lo situaban inconfundible entre el mobiliario urbano capitalino en una ruta que va desde su Ronda de Garay hasta la Trapería y le servía para ir parando para visitar a parientes. A mi padre iba a verlo a diario hasta poco antes de la llegada del euro. No fallaba ni un solo día.

Propietario agrícola importante en Ulea, pueblo de su madre, allí descansará para siempre en su panteón familiar. Este año, por primera vez, no pasará el verano en Mazarrón. Agente comercial tras pasar por el colegio de los Maristas, tenía clientes en la provincia de Murcia y colindantes de Albacete, Alicante y Almería, con representaciones de empresas básicamente del norte de España. 

Todavía recuerdo cuando muy joven le tuvieron que extirpar el bazo en medio de un gran trauma familiar para todos nosotros, que solíamos encontrarnos todos los veranos en la casa de sus padres en la playa de Santa Pola. Tardó en casarse tras encontrar esposa en el ámbito profesional en el que movía. Y era fijo en el cartel de los grandes acontecimientos familiares. Siempre llegaba de los primeros y se marchaba de los últimos. Pero no faltaba nunca.

Claro que te vamos a echar de menos, primo. 

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