Hace años publiqué en La Verdad un artículo titulado “Curanderos del Mar Menor”. Hoy lo releo y me invade una mezcla de tristeza y frustración, el diagnóstico sigue siendo válido porque casi nada de lo propuesto entonces se ha hecho.
Decía allí que nuestro pequeño y delicado mar no necesitaba curanderos de pacotilla ni remedios de bicarbonato, sino decisiones claras como la instalación de compuertas en el canal del Estacio para controlar la entrada masiva de agua del Mediterráneo y de especies invasoras, la retirada de las arenas contaminadas de las llamadas playas ortopédicas; el acondicionamiento de las concesiones de clubes náuticos a la sustitución de pantalanes rígidos por flotantes que permitan el libre movimiento de las aguas; la construcción de depuradoras municipales de última generación o el encauzamiento de forma eficaz ramblas y escorrentías lejos de la laguna.
En mi artículo
también advertía que limitar sin más el terreno cultivable no resolvería
el problema agrícola si no se regulaban de verdad los abonados
nitrogenados y ciertas prácticas de cultivo que facilitan que el agua de
riego y de lluvia termine en el Mar Menor.
Hubo además errores
que hoy casi nadie recuerda y uno de ellos fue la desaparición
sistemática de los antiguos balnearios, aquella forma sencilla, racional
y tan nuestra de tomar el baño sin alterar el equilibrio de la laguna.
En su lugar llegaron playas artificiales y obras que poco tenían que ver con la naturaleza de este mar tan frágil. Desde entonces han cambiado gobiernos, comisiones, informes y titulares e, incluso, hemos llegado a declarar al Mar Menor sujeto de derechos.
Pero el paciente sigue esperando médicos mientras los curanderos continúan alrededor de la cama.
Y lo más inquietante es que las recetas siguen siendo, exactamente, las mismas que entonces.

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